Capítulo 1
Dicen que sueñes con fuerza, desees con el alma y seguro se cumplirá... Así fue como llegué a Roma.
La capital italiana tiene historia, estilo y magia, tres ingredientes que cautivan a los millones de visitantes que la caminan a diario. Sus calles, sus monumentos y su magnífica vista hacen de ella un lugar inolvidable...
Arribé una tarde de viernes, muy cerca ya del ocaso, mi vuelo venía de Amsterdam, ciudad donde hice la primera escala luego de más de 10 horas de viaje desde la Ciudad de México.
Tras recoger mi maleta en la banda del aeropuerto Leonardo Da Vinci o también llamado Fiumicino, me encaminé hacia los taxis para dirigirme al antiguo y famoso Hotel Westin Excelsior en la Vía Veneto, donde tenía mi reservación y el cual sería mi base por los cinco días que disfrutaría en la Ciudad Eterna...
Fue ahí en el aeropuerto, ese que a Roberto le parece tan poco agradable, que tomé las primeras fotos de un viaje lleno de magia.
Con algunos compañeros periodistas abordé una camioneta tipo van color negro que nos llevó a nuestro destino y junto a los primeros letreros italianos llegó la certeza de saber que ese sueño cumplido cambiaría para siempre mi perspectiva de vida.
El Fiumicino se encuentra a 32 Km. del centro de Roma, en un rápido trayecto de autopista a través de la Autostrada Roma-Fiumicino; mientras el chofer del taxi, quien nos cobró 60 euros y era un típico conductor italiano un poco atrabancado, se desplazaba por las calles de la ciudad, mi mente viajaba para imaginar las mágicas historia de ese lugar tan singular.
Poco a poco fueron apareciendo ante mis ojos las enormes construcciones romanas llenas de historia: el Coliseo, el Vaticano y la famosa Fuente de Trevi estaban a sólo unos minutos, los arcos y pasadizos de la Ciudad Eterna se magnificaban conforme nos adentrabamos en sus calles y una emoción invadía mi cuerpo entero presagiando un futuro insospechado...
Tras registrarme en el hotel y subir a mi habitación, escuché al botones tocar la puerta del 215 para dejar mi equipaje, de inmediato me cambié: otros jeans, un sweater rojo y una bufanda color gris porque la noche estaba fría, y bajé al primer piso para cenar.
Escogí una mesa en la terraza del resturante llamado Doney en el hotel, y esperé a que el capitán me ayudara a elegir el menú para esa noche.
"Buona Sera Signorina", me dijo Massimo, con su muy particular acento, y eligió para mi unLinguine alla granseola con rucola e vodka, deliciosa pasta servida en una concha de cangrejo sazonado con arúgula y un poco de licor ruso; vino tinto de la casa, una botella de San Pellegrino y de postre un exquisito Dolce Vita, que como la película de Fellini, era completamente apasionado.
Para no perder más el tiempo, y como Massimo ya era mi amigo, me recomendó que disfrutara de la noche caminando por las calles romanas rumbo a la Piazza Barberini, la cual quedaba a unas cuantas cuadras del hotel sobre la vía Vittorio Veneto, y así lo hice.
Con mapa en mano, mismo que el concierge del hotel ya me había señalado, me dirigí al lugar más lleno de magia de toda Roma, donde más tarde encontraría la razón de mi existir: La Fontana di Trevi.
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