viernes, 8 de mayo de 2009

La extraña compulsión por el gelato

Surgió una tarde, rara y calurosa, pero absolutamente inolvidable...
Sus ojos cafés me vieron y sus palabras en otro idioma me sedujeron.
Ni siquiera recordaba que ya lo habíamos comido, en una tarde de cine,
todo empezó como un postre, hoy es el "dolce" de mi vida.
Los he probado de tan distintos sabores en este último mes y medio, en México y en Italia, todos me recuerdan su mirada... profunda, seductora y coqueta.
Frente a la Fuente de Trevi no me pude contener, fue mucho más que el simbolismo y para ser muy honesta, los dos que degusté, Cioccolato y Tiramisu e Tartufo, lo hice pensando en él...
No sé si se ha vuelto tradición, quizá una simple conexión... o un mero antojo cumplido, pero siempre terminamos comiendo uno de diferente sabor: Moka, vainilla, amaretto, con chispas de chocolate, galleta oreo o un crunch... El de hoy fue de avellana, el mío se llamaba Bacio...
El gelato, real, no importa, es la magia que lo envuelve... es como haber descubierto un mundo entre su dulzura, una pasión desbordada con textura delicada, que a temperatura baja llega a producir en mi un puente a sus sentimientos que también parecen fríos, pero tal vez se deshagan con el sutil calorcito de un cariño sincero.
No me canso de comerlos, y tal vez nunca lo haga, esta compulsión extraña tiene sabor exquisito, y me gusta irlo probando, de a poquito y cada y cuando, porque así sabe más rico.

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